Los adultos presentes pero ausentes
Por Micaela Gisbert
Lic. en Educación y Comunicación Social
Hay escenas que incomodan no por lo que muestran, sino por lo que revelan. Anoche, en una mesa de Nochebuena, vi una de esas escenas.
Seis chicos, entre diez y diecisiete años. Gritos, idas y vueltas, celulares propios o prestados, desorden. Y durante un rato, la etiqueta apareció sola: chicos maleducados.
Pero esa explicación es demasiado fácil. Y, sobre todo, es injusta. Porque los chicos no se desbordan solos. Se desbordan cuando el adulto no está… o está sin estar.
Los adultos estaban ahí. Sentados. Conversando. Pero no disponibles. Mujeres por un lado. Hombres por otro. Cada grupo en su mundo. Y los chicos… en el suyo.
En un momento pasó algo revelador. Dejaron las pantallas y se pusieron a jugar a las cartas. Había reglas, turnos, miradas, risas. Había juego. Había encuentro.
Duró poco. Nadie sostuvo ese espacio. Nadie armó la mesa común. Nadie dijo: quedémonos acá.
Desde la psicología y la educación hay algo central: el límite no nace dentro del niño. El límite, al principio, es externo. Un niño no se regula solo. Aprende a regularse cuando un adulto regula primero.
La conducta del niño es como la mezcla de una torta. Si no hay molde, la mezcla se va para todos lados. No porque sea mala, sino porque no tiene forma. El molde es el adulto: su presencia, su palabra, su mirada.
Cuando ese molde no está, la mezcla se desparrama. Y después decimos que el problema es la mezcla.
Los chicos no conocen de límites internos hasta que alguien se los presta. Hasta que alguien los sostiene. Hasta que alguien los acompaña el tiempo suficiente como para que, con los años, puedan hacer eso solos.
La pantalla aparece ahí como sustituto. No porque los chicos la elijan primero, sino porque ocupa el lugar del adulto ausente.
Después nos preguntamos por qué los chicos gritan, por qué no toleran la espera, por qué se desconectan, por qué parecen no escuchar.
Pero la pregunta más honesta es otra: ¿quién está regulando cuando el adulto no regula?
Educar no es controlar ni vigilar. Es estar disponible. Es incomodarse un poco. Es sostener el encuentro cuando cansa.
Porque cuando el adulto se retira —aunque esté sentado en la misma mesa— alguien ocupa ese lugar. Y casi nunca lo hace mejor.