Reyes Magos: fantasía, verdad y los valores que educan
Por Micaela Gisbert, licenciada en Educación y Comunicación Social
Vinieron los Reyes. Y, como cada año, cerca de esta fecha aparece una pregunta que muchas mamás y papás se hacen: ¿está bien mantener “el engaño”? ¿no estamos mintiendo a nuestros hijos?
Vale la pena detenernos un momento ahí. Porque los Reyes Magos no son una mentira en el sentido en que solemos pensar la mentira. Son un símbolo. Y la infancia necesita símbolos para comprender el mundo. La fantasía no contradice la verdad. Es otra forma de conocerla.
Los chicos no viven la realidad como los adultos. Conocen el mundo a través del juego, de los cuentos, de los rituales. Y esos rituales no engañan: enseñan. Enseñan a esperar, a imaginar, a confiar, a emocionarse, a compartir.
La historia de los Reyes Magos tiene mucho más para ofrecernos que un puñado de regalos. La tradición recuerda el oro, el incienso y la mirra que llevaron al portal. Pero, sobre todo, recuerda algo esencial: supieron leer una estrella. Supieron mirar el cielo, interpretar una señal y ponerse en camino.
En un mundo que nos empuja a la inmediatez, a lo visible y a lo material, los Reyes nos hablan de otra cosa: de la búsqueda, del tiempo y del sentido. Nos recuerdan que no todo se ve de inmediato, que hay que caminar, esperar y confiar.
Cuando un niño deja pasto y agua, cuando escribe una cartita, cuando se va a dormir con la expectativa de que algo llegue mientras duerme, está viviendo una experiencia profundamente humana. Está aprendiendo que hay gestos que no se compran, que hay valores que no se explican solo con palabras, sino que se transmiten viviéndolos.
El problema no es la fantasía. El problema es cuando la reducimos solo al consumo.
Si los Reyes quedan asociados únicamente a cuántos regalos llegaron o cuánto valen, perdemos una oportunidad enorme. En cambio, si aprovechamos esta celebración para hablar de generosidad, de compartir, de agradecer y de pensar en otros, la fantasía se vuelve educativa.
Llega, inevitablemente, el momento en que los chicos preguntan, dudan y descubren. Y eso tampoco es un problema: es parte del crecimiento. La fantasía no se rompe de golpe; se transforma. Y cuando eso sucede, lo importante no es el dato, sino el clima emocional con el que acompañamos ese descubrimiento.
Porque lo que queda no es si los Reyes existen o no. Lo que queda es el recuerdo de haber sido cuidados, sorprendidos y emocionados. Es la experiencia de una infancia donde hubo tiempo para imaginar.
Los Reyes Magos nos recuerdan algo fundamental para la crianza y la educación: los chicos no necesitan adultos que les expliquen todo demasiado rápido. Necesitan adultos que sepan sostener el misterio, el juego y el simbolismo en el momento justo.
Tal vez estos días sean una buena oportunidad para que esta celebración sea algo más que regalos. Para volver a contar la historia, para hablar de esa estrella que guía, para preguntarnos qué valores queremos transmitir.
Porque educar no es solo decir la verdad en términos literales. Educar implica crear relatos que ayuden a crecer.
Y en ese sentido, los Reyes Magos siguen teniendo mucho para enseñarnos con su magia.