Tape y presentador. La fórmula de antaño parte del esqueleto televisivo ancestral. Y aunque a priori se trate de un comodín batallero, clásico en la grilla de cualquier canal, el cuento sería otro si la persona delante del tally (luz roja de cámara) -que el 3 de agosto a las 16.45 retoma conducción de Historias de corazón por Telefe- no fuese Virginia Lago. Tal vez, ni siquiera estaríamos acá.
Ella dirá que es un engranaje. Que las piezas no cobrarían vuelo sin el pulso de un equipo o director atrás. Pero los años de ruta escénica y mil pieles en la ficción, entre villanas y heroínas resilientes, son prueba fehaciente -y suficiente- para afirmar: Virginia Lago es apasionada hasta para leer una carta.
Y en la bondad de su calma, que la tornó anfitriona cercana de historias para recordar, la mujer que reencarnó en Edith Piaf y Violeta Parra se volvió alma mater de un ritual televisado con audiencia “de prime time”.
Que retomará las tardes -que también fueron noches- con Avenida Brasil, en su cuarta repetición, como atracción principal. “El reencuentro con el equipo me movilizó. Trataré de dar lo mejor”, augura quien después de presentar filmes, series y novelas entre 2012 y 2015, lo hará hoy con el boom brasileño cuya su medalla de hitos incluyó un colmado Luna Park.
“Es una novela brava, que alguna vez ya presenté. Extraordinariamente dirigida y escrita. Y con la gente teníamos un ida y vuelta precioso. Con ficciones y un mensaje de humanidad que necesitamos todos. Yo quiero colaborar con eso y lo hago también en teatro, pero en Historias de corazón era algo inmediato”.
-¿La televisión necesita una grilla más humana?
-La televisión no, el mundo. Y no voy a ser yo la que lo ponga, porque soy un mosquito en todo el mundo, pero no importa. A veces pica un poquito, jaja.
Hace 20 años hice muchísimas novelas en Telefe, pero esto no era una obra de teatro o Alta comedia, era de igual a igual. De espectador y comunicador, como si conversáramos. También mandaban cartitas donde pensábamos juntos. Y en una semana se convirtió en un éxito del que jóvenes y adolescentes siguen hablándome hasta hoy.

El público se renueva
-¿Te emociona el recambio generacional de público que te descubrió?
-¡Mucho! Un día me encontré un papá que me contaba que el hijo venía de la escuela, ponía un mantelito y decía: “bueno, amigos queridos, vamos a conversar”. Me emociona compartir que el abrazo es importante, ser bueno o escuchar al otro para vivir un mundo mejor. No digo que mucho pero con un pedacito, más otro, hacemos algo.
-¿Y se ejercita o viene de fábrica?
-Yo vine de una casa así. Donde mis hermanos y padres fueron mi columna vertebral. Tan extraordinarios, que no te podés sacar de encima eso. Cada día se meten más adentro. Y al ser la más chica de los 7, tenía un hermano que me llevaba 20 años, era un papá. Por suerte, a mis padres los tuve mucho tiempo y siempre mirando lo que nos querían inculcar. Que lo primero era ser bueno. Mira vos qué cosa tan insignificante, pero no era tan insignificante.
Reivindicando el formato y sin cambios ni en su soundtrack original, Lago retoma el timón de un ciclo que inyectó de pausas y compañía eterna a una TV que -contra todo pronóstico- cedió su velocidad. Y ya sin vinito de por medio (de ahí su frase y meme más viral), pero con té y masas finas, buscará en la nueva franja volver a sembrar.
“Yo siempre miro el material antes de hablarlo. ¿Si no, de qué voy a hablar?”, aclara la mujer que instaló su propio ritmo a pasos acelerados.
-¿Volvés con la misma fórmula o esta tele pide recambio?
-Yo voy a ser yo, como en el ciclo original, porque no hago un personaje. Es un recreo de la profesión para comunicarme y me encanta. Ahí no era una actriz que actuaba.

-¿La templanza no se ensaya?
-No, esa la tengo, jaja. Pero a veces me enojo, eh. Yo soy hija de españoles, gallegos en realidad. Y cuando me dirigió Rubens Correa en La Piaf, decía: “Cuidado, que la gallega se enoja fuerte. Ojo que tan mansita no es”. Yo no soy ninguna santa, tengo unos cuantos defectos y al ratito me la paso culposa de haberme enojado.
Y retoma: “Este programa también me moviliza, porque como me gusta mucho la poesía, siempre buscaba decir alguna. Soy muy lectora”.
-¿Más que cinéfila?
-También me gusta, y hacíamos cola para ver las películas de Fellini. Voy mucho al teatro que, con todo lo que hay, no me alcanzan los días. Pero me gusta la reflexión de la lectura y la tarea de volver con la página a preguntarme: ¿Qué pasó? ¿Qué quiso decir? Me gusta mucho Lorca, Miguel Hernández, Cortázar. Soy de prestar libros y si no los devuelven, no importa. ¡Y vuelvo a novelas que leí hace 20 años! Me gusta encontrar la diferencia. De Viviana Rivero, cordobesa, me leí como 4. Soy novelera…
El amor, la familia y la conducción

-¿Tu historia de amor fue de novela?
-Héctor (Gióvine) es un amor de persona y un hombre muy inteligente. Lector, escritor, director. Futbolero como yo, aunque no fanático. Nosotros estamos juntos hace muchísimo. Todavía lo amo y lo seguiré amando siempre. Tuvimos dos hijos, Pablo y Mariana. Y ahora dos nietas, Simona de 18 y Carmela de 1 año y cuatro meses, que ya empieza a hablar. Ellas me dicen “Abu”. Y la gente me dice “Vicky”, que no tiene nada que ver con Virginia. Viene de mi familia, cuando éramos chicos con mis hermanos me lo pusieron y quedó.
-¿De los siete vos fuiste la oveja negra que quería actuar?
-Sí, fui la oveja negra, jaja. Pero llevo una vida tranquila. Hacía lo que quería y seguí haciéndolo hasta el día de hoy. Si no me gusta algo, no lo hago. Me parece absurdo. Sé decir que no. A veces me equivoco, pero tengo el no fácil.
-¿Dijiste “no” a otras ofertas de conducción?
-Fui llamada mucho en ese momento, hasta de la Warner. Pero el único lugar donde quise fue Telefe. Primero le conté a mi marido y me dijo: “¿Vos vas a presentar películas?” Nos causó gracia. Fue raro. No entendía por qué me convocaban.
-¿Después lo entendiste?
-Cuando charlé con Tomás Yankelevich, le pregunté: “¿Por qué me elegiste a mí? Y dijo: «No sé. Vos hablás y yo te creo. Y yo quiero alguien que le crean”. Primero fue un juego y después lo amé con toda mi alma.

-¿Es un espacio necesario para el actor desde que se dejó de producir ficción?
-Mirá, cuando aparecieron la TV y la radio fueron una revolución. La época de oro de cine… Después vinieron directores jóvenes con cosas revolucionarias. Todo se modifica.
La abuela viral
-Pero no todos los de tu generación pudieron reinventarse en el rol.
-Pero son destinos también, ¿sabés? Creo en eso. Por qué me puso en este lugar. Con tantas series que presentamos como Pulseras rojas, que vino el autor y me decía cómo me quieren en España. Donde vendían una remera con mi frase “¿Sale un vinito?” y mi cara. Cuando agregaron los sábados al ciclo y nos mandaban picadas.
-¿Aprendiste a lidiar con las nuevas formas de ser viral o renegaste?
-¡Al contrario, me da placer! Yo estoy en mi casa, baldeo la vereda. Pasa un coche y retrocede para ver si soy yo la que baldea, me causa gracia.

-¿Eso habla de tu sentido del humor?
-Por supuesto, yo no me creo más que nadie. Me gusta hacer lo que hago, nada más.
-¿Y la exposición la llevabas igual en la época de Romay?
-Yo siempre fui tranquila con eso. Romay amaba a los actores. Venía a los estudios a ver si estábamos contentos. Y tuve un éxito grande con La Piaf, por 5 años. La gente venía a las 5 de la mañana a hacer cola acá y en Mar del Plata. Pero nunca me sentí estrella, no lo soy. No tengo facha de estrella. Me resulta cotidiano.
-¿Te preocupa la generación nueva de actores que de un programa streaming ya funciona como puente a actuar?
-Muchas veces sucedió eso y está bien. Si estudian para hacerlo o no. O hacen mucho teatro. El teatro te hace introducir en tu más íntimo ser. Y empezás a descubrir que tenés que estudiar, llegar a la fila 20 y hablar más fuerte. Y que te enseñen a llegar a la fila 20. El teatro es algo honesto donde estás muy expuesto.
-¿La eterna grieta entre colegas la seguís viendo? Siempre te mantuviste al margen de la división.
-Yo trato de que esté todo bien. Alguna cosa no me gusta que hace la gente, por supuesto, pero no tuve nunca un problema. Una sola vez que no te voy a decir cuál, jaja.
-Siempre fuiste una disruptiva para elegir personajes de mujeres fuertes. ¿Seguís aplicando la misma vara o desenfado con los años?
-Yo tengo siempre 20 años. En serio te lo digo. Eso no quiere decir que no sepa la edad que tengo. Pero tengo la misma pasión. El día que no tenga pasión no voy a trabajar más. A veces estoy cansadita, porque tengo más años que los 20 (tiene 80), pero me gusta aprender. Con el fútbol, pienso: esto es pasión. Y me gusta sentirla.

-¿Seguiste a la Scaloneta este mundial?
-Sin ninguna duda. Qué cosas lindas nos dejaron esos muchachos, ¿no? Me pareció un ejemplo de conducta. Messi, con esa carita tan verdadera. Scaloni… Nos dieron un ejemplo de educación. No en vano fueron 5 millones de personas. Ellos dejaron su huella para muchos jóvenes y chicos.
-¿Como vos dejaste la tuya para futuras generaciones?
-Lo único que te puedo decir es que me gusta lo que hago. Mucho, pero mucho. Trabajar con actores que quiero en obras que me gustan. Emocionarme con la gente.
-Teté Coustarot instaló su ciclo en América donde también presenta películas para reflexionar…
-Le tengo gran cariño a Teté. También lo hizo Susú Pecoraro en canal 7. Pero no viene de ahora. Desde Petrona que enseñaba a cocinar y la gente la amaba. Es un medio tan extraordinario que te metés en las casas. Yo también entrevisté, y en radio, que estoy en la 2×4 con El buen modo, también lo hago. Tenés que saber preguntar, ahondar, pero hay otros periodistas que son geniales, yo no lo soy.
-Pero el Martín Fierro a “Mejor Conducción” no te lo saca nadie.
-¡Nadie me cree que no lo esperaba! Me sorprendió porque eran como cinco conductoras y yo no lo soy. Lo mío era una cosa más compartida. Todos ocupamos espacios fundamentales para contar algo, no es uno solo. Los directores son fundamentales. Los poetas son poetas, pero también necesitan de todos nosotros, de la vida, para poder contar historias, empezar a volar y contar cosas.
Y Virginia, una fiel observadora de la conducta humana, es también ese nexo que ya se volvió un clásico para contarlas. Y, hasta que la pasión se acabe, interpretarlas.