Hay algo en Jorgelina Aruzzi que combina lo cotidiano con lo profundo sin esfuerzo. Puede hablar del barrio, de sus amigas o de un delineado rápido antes de salir de su casa, y en la misma línea meterse con preguntas incómodas sobre los vínculos o el lugar que ocupa cada uno en la vida de los otros. Ese cruce, entre lo simple y lo que incomoda, es el que viene marcando su recorrido.
El miércoles 13 de mayo estrenará El ser querido en el Teatro Astros, una obra que la tiene en todos los frentes: la escribió, la dirige junto a Dalia Elnecavé y la protagoniza. Y, como en gran parte de su camino, no nace de una idea abstracta sino de una inquietud concreta, de ésas que empujan a crear.
En diálogo con Clarín, vestida completamente de negro a pesar de que era temprano, reconoce que con los años entendió que para entrevistas y fotos queda prolijo «ponerse linda». Pero en su vida cotidiana elige ponerse un poco de máscara de pestañas y listo, mientras que a la ropa no le da tanta importancia.
«Siempre que escribo pienso en cómo me gustaría verlo en la puesta en escena. Esta obra la escribí hace dos años. Pero no para mí, quería una actriz que tocara la guitarra, pero después se dieron las cosas de otra manera y aprendí a tocar un poco yo”.

De qué trata «El ser querido», la nueva obra de Jorgelina Aruzzi
La obra transcurre en la sala de cuidados intensivos de un hospital, donde una mujer reza por un milagro que salve a su esposo mientras intenta tocar una guitarra que no sabe tocar. Entre la risa y la muerte, aparece la música.
Ese tono -una comedia que dialoga con la tragedia- es muy propio de Aruzzi, que vuelve a apoyarse en el humor para meterse en zonas sensibles. «La música nos lleva a lugares, nos hace vibrar distinto a cada persona. A mí me acompañó el rock nacional en mi juventud y tiene que ver con nuestra identidad», cuenta.
En la trama, uno de los ejes centrales aparece en torno a cómo se reordenan los vínculos en situaciones límite. «Cuando alguien está internado, los vínculos afloran de otra manera. Todos, en algún momento, tuvimos la experiencia de tener a alguien a quien cuidar. Es algo que te cambia la vida de un segundo al otro porque, en general, dentro de las familias se arman roles y siempre hay alguien que queda a cuidar», plantea.

Ese tipo de inquietudes no son nuevas en su recorrido. Aruzzi escribe desde lo que le hace ruido. Ya lo había explorado en trabajos como Carmen en la cruz (2016), donde se metía con la virtualidad, o su unipersonal Animal humano (2023) sobre las contradicciones humanas. «Son preguntas que me hago y que transformo en material escénico, para ver si al público le pasa lo mismo«, resume.
En paralelo, hay experiencias personales que dejaron huella. La muerte repentina de su padre cuando ella tenía apenas 19 años fue un punto de quiebre que atravesó su vida, reconfiguró su vínculo familiar -con una mayor cercanía y cuidado hacia su madre-. «En ese momento, con mis hermanos intentamos cuidar mucho más a mi mamá. Hoy la llamo todos los días; la valoro muchísimo».
Además, ese episodio se filtró en su trabajo: «Escribí una obra que se llama La mujer del vestido verde, donde digo que Dios me hizo más fuerte cuando murió mi papá. Pero esa fuerza no la necesitaba si él estaba vivo. Me volví más independiente, pero la ausencia de un padre o una madre es fundacional, te marca para siempre. Con el tiempo hacés el duelo, aprendés a ser feliz. En mi caso, ya viví más años sin mi papá que con él, pero sigue siendo un punto de origen».

El recorrido de una actriz que construyó su propio camino
A pesar de ser una actriz y directora consagrada, confiesa que trabaja su seguridad antes de cada estreno. Todavía aparecen pensamientos como: “¿Para qué me metí en esto?”. Al principio, dice, le costaba mucho, pero con los años aprendió a elegir mejor y a no estar en contradicción consigo misma. «Ahora confío en quienes confían en mí, y también en mí. Y trato de no tener tanto miedo: si no va bien, no pasa nada”.
Esa confianza, lejos de ser algo que estuvo desde el inicio, es el resultado de un camino largo y bastante artesanal. Nacida en Caballito y vecina de Chacarita desde hace más de 20 años, creció en una familia de oficios -su mamá peluquera y su papá electricista- donde, sin embargo, ya había algo escénico: «Había mucho humor, éramos muy exagerados. Mi papá imitaba a los vecinos, corríamos los muebles para bailar tango. Había una teatralidad que fui incorporando».
Ese clima familiar fue, con el tiempo, la base de una marca que hoy la define: la comedia. El humor no solo atraviesa su trabajo, sino que es una forma de mirar el mundo. Sostiene que «el humor a veces aparece como un pedido de ayuda, como una forma de explorar un tema. En mi caso, el humor siempre me ayudó a salir de momentos duros de mi vida como situaciones familiares, separaciones, muertes de seres queridos. Creo que las personas que pueden tomarse la vida con humor, o divertirse, tienen una ventaja«.

El clic llegó a los 16 años cuando entró al Instituto Vocacional de Arte Manuel José de Labardén para estudiar cerámica, donde también enseñaban teatro. Ahí conoció el escenario y ya no lo soltó más.
Antes de consolidarse, hizo trabajo de repositora en un supermercado, fue niñera, lo que hiciera falta. Pero «siempre apuntando a poder trabajar de actriz», resume.
A los 18 ya estaba arriba de un escenario junto a una amiga, aunque fuera en un bar con pocas mesas ocupadas. «Salíamos a buscar público a la calle», recuerda.
Ese camino, hecho de pequeños pasos, le enseñó a valorar cada oportunidad. También a entender que el oficio no depende solo de la industria. «Si tengo las herramientas para hacer mi propia obra y convocar gente, aunque sean 30 personas, soy actriz».
Una de sus primeras grandes oportunidades llegó con su participación en Videomatch y en Los Rodríguez. Aunque su presencia no era tan visible -eran formatos con fuerte impronta masculina-, esas experiencias le permitieron tejer vínculos clave con personas con las que más tarde volvería a trabajar. «Hay una virtud en saber capitalizar esa pantalla para poder seguir haciendo cosas», resume.
Con el tiempo, su recorrido en la pantalla fue amplio y sostenido. Pasó por ciclos muy populares como Son amores, La niñera, Amor mío y Los únicos, y logró consolidarse en distintos registros, desde la comedia hasta el drama . En Chiquititas tuvo uno de sus primeros grandes momentos de exposición, y años más tarde volvió a destacarse con personajes muy recordados, como el de Susy en Educando a Nina (2016), una de las ficciones más vistas en su momento .

Esa construcción, paso a paso, también le permitió dimensionar con el tiempo el impacto de su trabajo. «Muchas de las niñas que me veían a la salida del colegio hoy son mujeres grandes. En ese momento no lo dimensionaba; ahora sí entiendo que, para muchas de ellas fue algo muy significativo. También me pasó con gente que se me acercó y me dijo ‘yo estaba enferma cuando hacías Nina, y lo único que me hacía reír era verlos a ustedes'».
Esa conexión con el público es, en definitiva, lo que sostiene todo. «El éxito no pasa por que venga muchísima gente o por hacer una gran taquilla, sino por poder realizarlo y que a alguien le parezca hermoso, que se identifique, que algo lo movilice».
Todos los personajes que interpretó la consolidaron como una actriz talentosa, pero ella asegura que ese reconocimiento nunca le cambió la vida cotidiana. «Nunca me comí la cabeza con la fama. Hace 20 años que voy al mismo chino del barrio. Con mis vecinos nos conocemos», dice. Le gusta maquillarse lo justo, no le da demasiada importancia a la ropa y mantiene un vínculo acotado con las redes. Cuando no está escribiendo o sobre el escenario, le gusta ir a la playa, leer y divertirse con distintos planes.
A los 51 años, atraviesa un momento de balance y apertura. “Ahora me encuentro en un buen momento, valorando lo que tengo y abriéndome a un nuevo paradigma en relación con mi trabajo. Quiero amigarme con la idea de que las cosas pueden darse de otra manera. Tengo ganas de hacer todo lo que todavía no hice, de experimentar”, dice.
En ese presente también aparece el deseo de escribir más allá del escenario -incluso pensar en un libro- y la fantasía de vivir cerca del mar cuando el ritmo laboral lo permita. Mientras tanto, disfruta de su hija y de lo cotidiano.
POS