De crecer al pie de una montaña cordillerana a vivir en la ciudad de la furia. De entonar en fogones canciones de María José Cantilo a terminar grabando con el Indio Solari en Parque Leloir. De estar enamorada desde muy jovencita de un muchacho de la comunidad hippie en la que nació, que resultó ser el guitarrista Gaspar Benegas (48), a conformar con él una familia con dos hijos: Karim (27) y Simba (23). De acompañarlo en su proceso junto a Los Fundamentalistas del Aire acondicionado a brillar por propia cuenta con su banda Escorpia. Todo esto y más es la vida de Valentina Cooke (44).
Hija de un inmigrante inglés citarista que arribó a Argentina en búsqueda de una vida más tranquila, Valentina Cooke es fruto de la relación de su padre con una argentina.
Su papá, Mike Cooke, conoció estas tierras al acompañar, en un viaje relámpago, a su propio papá (cineasta) para realizar un trabajo publicitario y luego, tras enamorarse de El Bolsón, decidió instalarse bien al sur del globo.
Aunque en realidad, al principio, él hizo base en Buenos Aires, tocando en bares nocturnos, como el emblemático Café Einstein, donde compartió escenario con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y con el Sumo de Luca Prodan. Pero como no pudo resolver su economía, y ya pareja con quien sería madre de Valentina (a la mujer la conoció en el mismo Einstein), decidieron marcharse juntos al sur, con los tres hijos de ella, de su primer matrimonio, para vivir de manera comunitaria en el hippismo de época.
Luego aparecieron Valentina y sus dos hermanos de mismos padre y madre. Y una vida austera, rodeados de naturaliza viviente.
Lo llamativo, en consonancia con Cooke padre (quien falleció en 2025) fue que Valentina, con el paso de los años, también pudo relacionarse con parte del mundo ricotero en vivo y en directo, el mismo con el que él también lo hizo en su juventud, recién llegado de Londres.
Actualmente, esta mujer rubia de ojos azules y cabello corto vive junto a los suyos en Ingeniero Maschwitz, en una zona en la que abundan árboles y callecitas de tierras. Es que ya vivió de todo en la gran ciudad desde sus 15 años, cuando se subió a un micro en el centro del El Bolsón para reencontrarse con Gaspar (ya instalado en Buenos Aires), quien la esperó en la estación de Retiro y nunca más se separaron.

Una hermosa historia de amor
“Yo lo conocí a Gaspar a través de mis hermanos mayores. Él, a los 11 años, tocaba la guitarra y ya tenía el cabello largo, se acercaba a zapar con mis hermanos temas de Gary Moore, yo tenía 8 y ya estaba enamorada de él. Jugaba con su hermana, Luna Benegas. Pero siempre estaba pendiente de lo que él hacía”, revela la cantante.
En realidad, la relación juvenil de Valentina con Gaspar no fue constante, sino de veranos «porque en 1982 María José Cantilo regresó del sur y ellos visitaban a donde nosotros estábamos al pie de la montaña Piltriquitén, en el valle de Mallín, allí él llegaba todos los veranos, durante algunos meses, y compartíamos entre todos”, asevera.
¿Pero qué sucedió después? Valentina lo resume: “Uno de esos tantos veranos, cuando yo tenía 13 y él 17, nos dimos el primer beso”.
En ese tramo de su adolescencia, Valentina sufrió la separación de sus padres y la rebeldía fue el escape que eligió para suplir el dolor.
“Tuve una relación especial con papá. Lo amaba. Él construyó toda nuestra casita junto a mi abuelo, él pegaba ladrillo por ladrillo y yo lo acompañaba de chica. También solía agarrar la guitarra y cantar canciones como The Boxer, de Simon & Garfunkel, yo me divertía a su lado”, relata Cooke, con sus ojos visiblemente llorosos.

Y prosigue: “Sucedía que mi papá era alcohólico. Mamá luchó mucho a su lado para que él dejara de beber. Lo acompañaba a Alcohólicos Anónimos. Mientras, yo sufría. Fue la trama de mi infancia. Cada vez que mi padre bebía en demasía, parecía que me lo robaban, igualmente él era una persona muy dulce y amorosa y un músico impresionante”, describe.
Durante esos años, y luego de realizar sus primeros estudios en vida comunitaria, sus padres la enviaron a una Escuela Rural, a la que llegaba tras kilómetros de caminata, atravesando riscos y puentes colgantes, según detalla.
“Por ese entonces mis papás de pronto se separaron y yo viví, desde los 13 años, en casa de amigas, todas hijas de hippies, todos amigos de mis padres. Papá tuvo otra pareja y un hijo más, o sea terminamos siendo en total 7 hermanos, porque papá incluso le dio el apellido a los hijos de mamá, de su primer matrimonio, cuando fuimos familia”, añade.
Rebeldía adolescente y viaje a la gran ciudad
Valentina Cooke bebe un sorbo de café y acota algo más acerca de su situación de tristeza extrema adolescente: “Ante todo lo que pasaba y mi familia separada, me rebelé fuerte, empecé a hacer escándalos extremos, hasta choqué el auto de mi padre en el pueblo, estaba realmente muy mal, como descontrolada”.

Dadas las circunstancias, en plena pubertad, Valentina inesperadamente recibió una carta que marcaría un antes y un después en su vida.
“A los 15 años me subí con una mochila a un micro en el centro de El Bolsón y me vine para Buenos Aires. Sucedió que Gaspar me escribió una carta y me pidió que yo lo visitara, ya que su madre se iría de viaje. No lo dudé y me vine, él me esperó en Estación Retiro. Entonces ya me quedé a vivir aquí. Mi madre estaba desesperada, pero yo tomé la decisión y la mantuve hasta el final”, esgrime la artista.
-¿Y cómo subsististe en Buenos Aires, siendo tan jovencita?
-A veces venía de visita porque mi hermana más grande vivía acá. Pero cuando me instalé, me quedé en la casa de Gaspar, es que él me pidió que me quedara con él y con su madre, María José Cantilo. Trabajé de moza en todo el circuito de bares de Palermo; por ejemplo, en El Taller, donde solían parar los Redondos. Como verás, ya hubo conexión con ellos. Es que el dueño de ese bar era el vecino del fondo de la casa de la calle Malabia, donde vivía con la familia de Gaspar. Me la pasaba trabajando, ya desde pequeña. Mientras que Gaspar limpiaba vidrios de vidrieras. Y así juntábamos dinero para subsistir. Yo no tenía noción de dedicarme a la música, pero la madre de Gaspar me dijo que tenía potencial, que debía lanzarme, me escuchaba cantar canciones de Faith No More, por ejemplo.
Al poco tiempo falleció mamá, a los 52 años. Todo sucedió de manera muy veloz y sin pausa alguna.
El Indio, de nuevo en sus vidas

Los años transcurrieron, Gaspar se sumó a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, la banda comandada por Carlos “Indio” Solari hasta que llegó el día en el que el recordado ícono y voz del rock nacional tomó contacto directo con Valentina.
“Con Indio fue una conexión directa desde la primera vez que nos hablamos, fue en su último show de Olavarría. Estábamos en el camarín, todos comiendo, en una mesa grande y de pronto él se acercó y le habló sobre mí a Gaspar debido a que vio en redes mi performance en apoyo a los trabajadores que tomaron una fábrica que había cerrado, yo siempre apoyé causas de trabajadores, al igual que cuando pasó lo de Fate”, narra visiblemente emocionada.
Y sigue: “Yo estaba comiendo, él se acercó y dijo en voz alta: ‘¡Felicitaciones! Muy fino lo que hizo la señorita en esa jornada en la calle, ¡da para mucho! ¿¡Es tu piba!?’, le dijo a Gaspar con énfasis”.
A partir de entonces, Indio empezó a elogiarla por Instagram e incluso le pidió poner su voz para su canción Serenata de los santos fumadores.
Aunque antes de eso, Cooke prefiere recordar punto a punto cómo se produjo un mayor acercamiento entre ambos.
“Cuando formé la banda Escorpia, Romina Gaetani cantó una canción con nosotras; al verla en redes, Indio volvió a comunicarse: ‘Las mejores performances las hacen las mujeres. ¿Usted escribe así? ¡No deje sed!’, me dijo. Entonces yo le pedí hacer una canción juntos. Es que yo era fanática suya y no podía creer lo sucedido. Siempre, desde pequeña, tenía el disco Oktubre en mi cabeza”.

Sucesivamente, llegó la invitación del cantante para que fuera a grabar a Luzbola, el estudio de su casa en Parque Leloir. Y las coincidencias mutuas seguían multiplicándose en el análisis mental de esta vocalista hija de un inglés.
“Yo tuve un ovejero alemán. Y cuando ingresé a su casa me encontré con que él también tenía varios ovejeros manto negro. Quedé flasheada. Fui varias veces. Yo estuve en su casa dos semanas antes de que falleciera, de ahí la foto que tengo publicada en Instagram. Estábamos trabajando juntos. Una canción inédita quedó terminada, con la otra no llegamos. Muchas cosas nos unieron, porque incluso él conocía de antes a la familia de Gaspar”.
-¿Sufriste mucho su muerte?
-Desde 2025 que sufro. Porque el año pasado falleció mi padre y hace unos meses se nos fue el Indio. Mis hijos y mi papá tenían una enorme conexión, papá era sensible, nos mostró el mundo con otros ojos, nos hizo aprender a respirar, compartió con nosotros su sabiduría. Con el Indio me pasó exactamente lo mismo desde que nos relacionamos cercanamente. Nuestras conversaciones fueron profundas, él también era una persona sensible y abrió un espacio para mí. Sigo sufriendo su ausencia. Lo sentí como a un segundo padre.
Un incendio forestal que la marcó
Otra de las razones de tristeza con la que carga Valentina tuvo que ver con un incendio forestal que arrasó con la casa de su niñez en El Bolsón:

“Mi casa de niña desapareció, esa que levantó paso a paso papá. Desaparecieron 300 viviendas de la zona rural y justamente fue donde hubo activismo en contra de las compras de tierras en mano de extranjeros. Querían que los vecinos vendieran sus tierras, pero ellos se opusieron y terminó todo en un incendio. Ahí teníamos nuestra chacra familiar, donde todos los veranos íbamos”.
Más allá de los momentos desafortunados, Valentina continúa adelante con su propia banda Escorpia, con la que plantea rock, rap, R&B, rap y reggae; a su vez forma un dúo con Luciana Palacios, corista de Los Fundamentalistas “porque las dos soñábamos entablar un proyecto juntas”, asegura. Por otro lado, pese a ciertos momentos difíciles que le tocó atravesar, ella se siente agradecida con la vida.
“A pesar de las adversidades y a que tuve que construir una personalidad fuerte aquí en la gran ciudad, me siento una persona afortunada, además de lo sagrado de contar con dos hijos maravillosos. Hoy, a los 44, rememoro todo lo sucedió y son tiempos de balances, pero me quedo con lo positivo: eso te lo afirmo”, concluye.