Junio 2026

El director de «Hereditary» visitó Buenos Aires y confesó el secreto de una precuela que Hollywood teme filmar: «Demasiado oscura»

¿Una secta en pleno microcentro? No, pero podría serlo. La cola daba la vuelta a la manzana hasta llegar al centro cultural ArtHaus -ese edificio de arquitectura brutalista que parece diseñado para que algo terrible ocurra adentro, la locación soñada de una de Cronenberg o Glauber Rocha- en plena Bleak Week, el ciclo de «cine de la desesperación» que la revista Caligari organizó junto a la American Cinematheque. Había gente que sabía que no iba a entrar, pero igual esperaba, por si acaso.

Es que dentro, Ari Aster estaba por ser entrevistado por la también directora Laura Casabé. El realizador de Hereditary (El legado del diablo), Midsommar, Beau Is Afraid y Eddington -una década de filmografía que, junto a la de Jordan Peele, redefinió los límites del cine de terror de autor- hablaría en público en Buenos Aires por primera vez.

Sala colmada. Más de doscientas personas llenaron el auditorio de ArtHaus para escuchar a Ari Aster.

Casabé, aliteración incluida, sabe. Adaptó los cuentos de Mariana Enriquez para el cine en La virgen de la tosquera. Las más de doscientas personas que llenaron ArtHaus -muchas de pie, dispuestas a no perderse a uno de los directores más excitantes del momento- también lo sabían.

La casa de Aster(ión) y el laberinto de la familia

«Todas mis películas son muy personales», arrancó diciendo Aster, «y el género me sirve para esconderme detrás de él. Me da distancia suficiente para hablar de lo que de otro modo no podría». Aster construye películas-laberinto -una familia que se devora a sí misma, una pareja que se disuelve bajo el sol de medianoche escandinavo, un hijo aplastado por una madre que lo llama por teléfono y lo destruye- para hablar siempre de lo mismo: su casa.

Y su casa, como la del minotauro de Borges -del que Aster se declaró fiel lector-, tiene las puertas abiertas. El problema es que no hay adónde ir.

Midsommar, cuenta, nació de una sola imagen: un close-up de la cara de Florence Pugh al teléfono, llamando a alguien que no la ayudó. “Esa imagen fue toda la película”.

Cuando alguien del público le preguntó por qué la familia atraviesa toda su obra, fue breve y definitivo: «Nunca podés escapar de tu familia. No importa si es en la que naciste o la que estás construyendo. Es material infinito. Imposible de evitar.»

El melodrama, Sirk y la música de los sentimientos

Por la temática de familia, las películas de Aster nacen como melodramas -afectos, música, pasión- hasta que en algún momento el terror ataca. Casabé se lo señaló y le preguntó qué le aporta cada género al otro.

-¿Qué le da el melodrama al terror, y el terror al melodrama?

-El melodrama se usa como peyorativo, para rebajar algo. Pero Mélos es música. Para mí está ligado a la ópera, a dar forma a los sentimientos en su versión más extrema.

Reivindicó a Douglas Sirk -el maestro alemán del melodrama hollywoodense, que filmaba la prosperidad americana antes de que arda- como una influencia central. Y sobre el humor, que aparece siempre en sus películas aunque nadie lo espere:

-Cuando encuentro películas sin humor, siento que hay algo muy grande que falta. Yo intento hacerme reír mientras escribo.

Borges, Kafka y las películas que duran cuatro horas

Ari Aster lee. Beau Is Afraid tiene más influencias literarias que cinematográficas, y entre ellas, Borges, Cervantes, Kafka y la mitología griega. Los menciona como si fueran contemporáneos suyos, casi amigotes del bar. «La forma de mis películas se siente más novelística que cinematográfica», admitió, «y eso siempre es un problema, porque son muy largas y la batalla es siempre que no las recortes.»

Un diálogo que recorrió desde las influencias de Douglas Sirk y Borges hasta el terror contemporáneo.

Midsommar -cuenta- tenía cuatro horas y media en su primer corte. Beau Is Afraid, cuatro horas. Lo que llegó a las salas fue el resultado de una batalla con el material, junto a su editor Luke Johnston, «uno de mis mejores amigos», dice, «con quien discuto precisamente porque confío en él».

Stephen King, Spielberg y el miedo a filmar

Cuando llegó el turno de las preguntas, una apuntó al miedo. Partía de una observación de Stephen King sobre que los monstruos que no se ven son los mejores y de una confesión reciente de Steven Spielberg, que dijo que durante los rodajes se siente «petrificado del terror».

-¿Qué tipo de terror les interesa más? ¿Y cómo se sienten ustedes cuando están filmando?

Stephen King. El maestro del terror literario postula que los monstruos ocultos son los más efectivos, una premisa clave que sobrevoló el debate en ArtHaus.

Casabé respondió primero:

-No tengo miedo cuando estoy en el set. Estoy muy focalizada. ¡Estoy mal el resto del tiempo, sería algo así!, bromeó, entre risas del público.

Aster tuvo una visión bastante menos relajada.

Jorge Luis Borges. El escritor argentino fue citado por Aster como un pilar fundamental en la estructura laberíntica de sus narraciones cinematográficas.

-Ir al set se siente como ir a mi propia ejecución -dijo, provocando nuevas risas-. Está la presión del día, del tiempo y de toda la gente mirándote esperando respuestas. Es muy preocupante. Pero cuando el día empieza, algo se activa y siento que sé lo que estoy haciendo. El miedo de llegar ahí y no saber qué estoy haciendo es lo que me prepara.

Sobre el tipo de terror que prefiere, fue menos categórico. «Me interesa en todas sus formas cuando están bien ejecutadas: desde las historias de monstruos hasta el terror psicológico. Incluso una comedia romántica, si está bien hecha.»

El terror nuevo y los dinosaurios de Hollywood

A medida que avanzaba la charla, las preguntas empezaron a multiplicarse. Una apuntó al cine de terror contemporáneo y a los realizadores que vienen del mundo digital.

Aster mencionó dos casos que «Hollywood todavía está tratando de procesar»: Backrooms, la adaptación de la serie de cortos creada por Kane Parsons cuando tenía apenas 16 años usando Blender, un programa gratuito de modelado y animación 3D; y Skinamarink, la película independiente canadiense que se convirtió en un fenómeno de Internet antes de llegar a las salas.

Lo que le fascina no es la tecnología sino cierto cortocircuito: directores que construyeron su propio público sin festivales, sin intermediarios, directamente online.

«Yo tengo 39 años y me siento un dinosaurio», dijo, entre risas.

También es productor, y sabe perfectamente lo que cuesta convencer a alguien de financiar algo en lo que realmente cree.

Se le escapó.

Alguien del público le preguntó por la precuela de Hereditary, cuya existencia había trascendido en los últimos días. Aster confirmó que el guion existe -o existió, o existe en algún cajón- y de inmediato pareció arrepentirse de haberlo dicho.

«Es demasiado oscura, demasiado cara y probablemente demasiado alienante.»

Hay al menos tres películas que quiere hacer antes de volver a pensar en ella. Y remató con una frase que, viniendo del director que convirtió el duelo familiar en una de las películas de terror más perturbadoras del siglo XXI, sonó menos a renuncia que a advertencia:

«También sería feliz si nunca la hago.» Risas finales. Y la sensación de que, tarde o temprano, volverá a esa familia.

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