Marzo 2025

No es humo, es algoritmo: Muscari llevó al Cervantes una obra hecha con IA

Cinco unidades humanas en posición inicial. La IA ejecuta una propuesta con forma de texto. Fragmentos generados por José María Muscari + elenco. La obra, en lo más hondo de su alma sucia, nos dice que el teatro va dejando las viejas estructuras concebidas por personas. En ese sentido, Doradas -así se llama- puede pasar a la historia como manifiesto: la condición maquinal todavía es demasiado sensata para cualquier clase de emoción. Podrá funcionar bien en los molinetes del subte, pero al teatro lo deja más pobre de lo que ya es.

En Doradas, cada una de estas unidades están representadas por cinco mujeres que parecen músicos de la banda electrónica Kraftwerk. Autómatas en medio de un despliegue lleno de ingredientes retro y confesiones digitales. En una secuencia de eventos no tan afortunados -monólogos, microescenas, intervenciones corales-, las cinco actrices, en el mejor de los casos, acompañan a la inteligencia artificial como si fueran azafatas.

Actúan con sus nombres reales. El modelo del artista que pierde dimensión entre la vida y la obra. Ese recurso que pretende achicar distancias y romper la famosa “cuarta pared”. Como sea, ya no es tan interesante. Y acá molesta bastante: uno no va al teatro para encontrarse con Ginette Reynal o con Judith Gabbani. En todo caso las invita a tomar un café en La Biela.

La obra se presenta en el Teatro Nacional Cervantes, Sala Luisa Vehil, marcando un techo en la carrera de las odaliscas y el laboratorista. “Cinco actrices populares que ahora, en su madurez, llegan por por primera vez al prestigio del Cervantes, dice Muscari en el programa de mano.

Las mujeres doradas de Muscari: Papaleo, Albertini, Reynal, Gabbani y Alberó.

Todo tiene pinta de acontecimiento porque sucede en el protocolo de un teatro insignia, pero nada que ver: es una obra de Muscari, una que viene haciendo hace rato desde Escoria. El lado B de la fama (2009). Allí exploraba la decadencia, el olvido y la necesidad de reconocimiento de figuras del espectáculo. En Doradas, explora la decadencia, el olvido y la necesidad de reconocimiento de figuras del espectáculo.

El posdramatismo de José María

Hace casi 20 años, en su primera intervención en un tipo de teatro que podría parecerse al de Vivi Tellas o Lola Arias, Muscari incursionaba en una suerte de “posdramatismo” o “teatro documental”. Se lo decías y él se ponía contento. Entre el brillo y el ocaso, se ve que el dramaturgo encontró la manera de seguir con la saga. En la misma línea hizo Póstumos y Extinguidas.

La gran obra de este autor consiste en recuperar a los personajes de la tele que él veía cuando era chico y que, lamentablemente, hace rato no tienen lugar. Aquí, bajo las órdenes de la IA, vemos actuar maquinalmente a Cristina Alberó –de invisibles 80 años-, a Marta Albertini y a Carolina Papaleo. También a las mencionadas Ginette y Judith.

El problema, quizás, sea el entusiasmo metálico: estas doradas coquetearon discretamente con otros brillos. Y eso lo sabe el público sub-100 que está en la platea. Gabbani, en un momento, se mete entre el público cual café concert (¿es necesario?) y se acerca a un señor que peina canas. “¿Ves? Ésta soy yo el siglo pasado”, dice mostrando el recorte de una Radiolandia 2000.

Intervienen parejo. Unas y otras se turnan en la letra. Bailan un poco, se toman la peluca con lugares comunes. Para la próxima, Muscari puede que purgue al elenco completo, insertando en su lugar a Alexa. Entonces estaremos escribiendo, a lo sumo, sobre algún cortocircuito en la sala.

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