Abril 2026

Soledad Silveyra habló sin filtro sobre la vejez y su postura sobre la eutanasia: “Estoy cansada de poner y poner garra»

Arranca con una canción y con una nena de seis años que sube el volumen para tapar el ruido. Un Winco girando sin pausa, la misma frase repetida como refugio: “déjenla sola, solita y sola”, de Palito Ortega, que todavía hoy se sabe de memoria. En en ese intento de aislarse de los quilombos familiares, nació un apodo que después fue marca registrada. “Me hice solita”, dice hoy Soledad Silveyra, quien después de haberla luchado toda la vida, a sus 74 años se anima a hablar sin filtro sobre la vejez, el dolor, la muerte y la necesidad de seguir trabajando para no caerse.

En el hall del Teatro San Martín, con un café de por medio y periodistas que van y vienen, la actriz se mueve despacio. Hace poco sufrió una caída doméstica que le provocó una fractura en una vértebra lumbar y, cuando camina, se agarra la espalda baja y admite que le duele. Aun así, se la ve coqueta, maquillada, sonríe, hace chistes y se queda toda la tarde hablando con la prensa.

El motivo formal de la charla es el estreno de El último viaje a China, el documental sobre China Zorrilla que protagoniza y que llega el lunes 20 de abril al Teatro San Martin.

Pero en la primera respuesta enseguida queda claro que la película no es solo un estreno, sino una excusa para volver a un vínculo significativo con su amiga que atraviesa toda su vida. “Me parece un documental de un nivel poético maravilloso”, define en una entrevista con Clarín.

En ese recorrido, la cámara la acompaña a reencontrarse con espacios, recuerdos y personas que formaron parte del universo de China, entre ellos Carlos Perciavalle, con quien reconstruye anécdotas, escenas y momentos compartidos.

Hay material de archivo, testimonios y, sobre todo, una conversación constante entre pasado y presente que busca capturar no solo quién fue la actriz uruguaya, sino qué dejó en quienes la quisieron y trabajaron con ella.

En ese sentido, Silveyra puede aportar desde un lugar único sobre su amiga: “Para mí fue la madre que no tuve, el padre que no tuve, la maestra. Aprendí mirándola, cómo hacía, cómo decía, cómo manejaba los tiempos. Siempre admiré su familia, su formación y su forma de pensar”.

China Zorrilla con Solita Silveyra en

Y asegura que, a pesar de que murió en 2014, sigue conectada con ella: “La miro cuando salgo al escenario, la tengo siempre muy presente. Tengo una foto en la mesita de luz y otra en el teatro. Es como mi virgencita”.

Invita especialmente a los jóvenes a ver el largometraje “Que vean a China, les va a hacer muy bien al alma. La van a entender y van a comprender lo que es una mujer con unas ganas de vivir enormes. Eso es lo que tienen que tener los jóvenes: ganas”, declara.

El homenaje no queda solo en el recuerdo. También la empuja a mirarse hoy. Mientras revive a China, Solita se detiene en su presente, en su cuerpo y en su cabeza.

La vejez sin filtro: ver caer a los otros, pensarse en ese lugar y decidir cómo seguir (y cómo irse)

Solita confiesa que volvió a terapia para reconectar con lo simple, con el disfrute, con la risa y con la gente que quiere, algo que —reconoce— le venía costando bastante. El dolor corporal, explica, la fue endureciendo, le cambió el humor, la volvió más irritable, “saca el demonio que hay dentro de mí”. Lo cuenta sin filtro, como parte de ese intento de acomodarse otra vez.

Últimamente se reconoce más sensible, más observadora. Dice que todo la emociona, que cualquier escena cotidiana puede desarmarla o dejarle algo dando vueltas. Ese estado, cuenta, no es nuevo pero sí más intenso ahora.

Sonrisa intacta, cuerpo dolorido: el contraste que atraviesa a Soledad Silveyra. Foto: Fernando de la Orden

Otra de las cosas que, dice, le hace bien es trabajar. “Si no trabajo, me muero”, repite. En ese impulso por seguir, incluso con el cuerpo resentido, aparece también el golpe que le tocó atravesar con Luis Brandoni, su compañero en ¿Quién es quién?, la obra que debió suspenderse tras los problemas de salud que él enfrenta luego de una fuerte caída.

Cuando habla de Luis, la expresión de la cara y el tono de voz le cambia. «Me pone muy mal”, dice. Y se queda unos segundos en silencio. “Es el gran actor argentino, no tenemos uno más grande que él”. La admiración es total, pero lo que la atraviesa es otra el impacto de verlo vulnerable.“Es insufrible ver a un compañero perdido en el escenario.”, confiesa.

Y en esa imagen aparece la proyección. “Me puse muy mal con lo de Beto porque yo también proyectaba: ‘Solita, vos te vas a caer en un escenario, te vas a olvidar la letra’”. Esa idea —la de verse en el otro— la deprimió mucho.

Luis Brandoni y Soledad Silveyra juntos en la obra de teatro ¿Quién es quién? Foto: Guillermo Rodriguez Adami

La muerte para Solita es una decisión pensada, sin miedo ni romanticismo

En medio del homenaje a su gran amiga y atenta al teléfono, pendiente de las novedades sobre su compañero, la actriz ve de cerca cómo su generación le va dejando el paso a las siguientes. Y hasta se anima a ponerlo en palabras, sin dramatismo. “Sos la próxima, Sole. La vida es así”, se dice, más como aceptación que como miedo. No cree que haya otra vida, “cuando te morís, te morís”, repite convencida.

Pero no se imagina sosteniéndose hasta el final a cualquier costo. Desde el ACV que sufrió en 2021 y la neuralgia de Arnold en 2024, la posibilidad de la eutanasia empezó a formar parte de las conversaciones cotidianas con sus hijos. Uno está de acuerdo y la acompañaría; el otro no. Ella, de todos modos, ya averiguó cómo sería el proceso: debería viajar a Ginebra y el costo ronda las 15.000 libras.

Lo plantea a partir de lo que ve de cerca, en familias atravesadas por enfermedades largas y procesos desgastantes. “Mi mamá se suicidó y no quiero repetir esa historia. Para mí no se trata de eso, sino de evitarles a mis hijos el sufrimiento», afirma. Y remarca: “No quiero que mis hijos tengan que pasar por eso. No quiero dejarles dolor ni una carga”. Lejos de inquietarla, lo dice casi como una salida práctica después de una vida de empujar siempre hacia adelante.

Estoy cansada”, admite Soledad Silveyra, tras haber sido —como ella misma define— de “poner, poner y poner garra” todo el tiempo. Se reconoce en un momento “crítico”, atravesado por dolores que, dice, la devastaron. Pero no se queda en ese lugar. Aun así, habla de proyectos, de ganas, de no renunciar.

Solita Silveyra considera que atraviesa un momento

Hacia el final de la charla, casi como al pasar, cuenta que está preparando una novela biográfica. Dice que quiere ordenar su historia, dejar algunas cosas dichas.

Y ahí todo vuelve al principio. A esa nena que ponía una canción para tapar el ruido y hacerse un lugar propio. Hoy, con más de medio siglo de carrera, el cuerpo dolido y la cabeza llena de preguntas incómodas sobre el paso del tiempo y la muerte, Soledad Silveyra sigue haciendo lo mismo: sostenerse. A su manera. Con decisiones que pueden incomodar, con momentos críticos, con cansancio. Pero con algo que no negocia: seguir.

Deja un comentario