Su vocación germinó despacio, con semillas bien plantadas en la niñez y una mirada que hoy coquetea con la ficción para desentrañar datos duros de la realidad. Alejandro Hartmann usa la narrativa cinematográfica como la lupa que amplificaba la sagacidad de los antiguos detectives. Ahora está entusiasmado por el estreno en Netflix de su nueva creación, Yiya Murano: Muerte a la hora del té, película documental que dirigió, con producción de Haddock Films y Vanessa Ragone.
De chico no entendía nada cuando se sentaba en una butaca del cine Cosmos y veía escenas de El Ciudadano Kane, de Orson Welles. Pero era feliz junto a su mamá, una verdadera cinéfila que le empezaba a contagiar su pasión por el séptimo arte.

Alejandro Hartmann recibe a Clarín en uno de los sitios del mundo que más lo representan: el barrio de la Paternal. En su jardín, a puro mate, observa las graciosas corridas que hacen sus dos gatas (Suki y Leidimei) alrededor del fotógrafo.
El proyecto lo empezó a gestar a fines de 2022, y la historia que todos conocemos sobre la Envenenadora de Montserrat, es sólo una excusa para volver a hacer de las suyas. Y seguir alimentando su prestigio y el mote de rey del True Crime, un género que le permite bucear sobre paradójicas conductas sociopolíticas que definen la idiosincrasia argenta.
De la Súper 8 a Los Piojos, pasando por Herzog
De tanto estimular su mirada con clásicos del cine, a los 13 años Alejandro Hartmann ya quería contar historias. Con una cámara Súper 8 en mano, aunque no tuviera rollo, imaginaba estar filmando.

En segundo año del secundario se mandó con su primer cortometraje, que quedó inconcluso pero no lo frustró. La primera revelación vino cuando, gracias a que por la tele pasaban muy seguido Aguirre, la ira de Dios (película icónica de Werner Herzog), entendió que en la ficción podían convivir muchos elementos de un documental.
Presenta su formación: “Soy egresado del CERC (Centro de Experimentación y Realización Cinematográfica, actual ENERC). O sea, soy realizador cinematográfico. También ‘hice paseos’ por Derecho y Ciencias Políticas; fallidos, pero me sirvieron. Y más tarde realicé videoclips para Los Piojos e Illya Kuryaki & the Valderramas (Entre ellos, los ganadores del MTV Latino, Abarajame y Jaguar House)”.
Hartmann alimentó su carrera dirigiendo su primer largometraje llamado Clon; luego la serie Hospital Público; y parte de la segunda temporada de la serie Todos contra Juan. Eso en ficción. Su primer documental fue AU3 (Autopista Central). Luego vinieron éxitos como Nahir Galarza: el secreto de un crimen; Carmel: ¿Quién mató a María Marta; El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas; Los Hermanos Menéndez; y Rockstar: Duki, desde el fin del mundo.
-Alejandro, ¿por qué documentales?
-Empecé haciendo documentales más sociales y políticos. Creo que estos últimos que realizo sobre crímenes, los llamados True Crime, tienen también algo muy social y político. Y cuando te metés con esos temas, en una investigación periodística o judicial, sí o sí tenés que tener cierta rigurosidad. Por eso suelo trabajar con productores periodísticos.

-¿Cómo se vinculan en tu construcción artística lo que detonó Herzog o tu atracción por los videoclips de la MTV, con el material que te dan casos policiales tan macabros?
-Bueno, el cine de Herzog es muy documental. De hecho también hizo documentales propiamente dichos. Aguirre, la ira de Dios me pareció rara y atractiva. Me acuerdo que me marcó y me dieron muchas ganas de filmar.
-¿Y tu atracción por los videoclips?
-Para mí, son como una escuela estética. A pesar de que últimamente trato de filmar de una manera mucho más elegante que cuando era más chico, el videoclip te da libertad. De hecho, cada vez que empiezo un proyecto, a la hora de buscar referencias o ideas, me pongo a mirar qué hay en el mundo del videoclip en la actualidad.
-A priori cuesta entender en qué te inspira un videoclip para contar la historia de una envenenadora…
-(Risas) Pero es cierto. En general, la mayoría de los directores empiezan haciendo videoclips como un lugar de entrada. Y a mí me gusta mucho eso de alguien nuevo que viene a probar algo, porque tiene frescura. Entonces me inspira. De hecho, en Yiya Murano: Muerte a la hora del té hay una cosita que está mínimamente inspirada en un videoclip de Lady Gaga.

-¡¿Qué?!
-Sí, contalo en la nota, no es un spoiler significativo. Es cuando ella está cocinando y poniendo el veneno. Un poco me viene de los programas de Doña Petrona. Pero hay un videoclip que se llama Telephone de Lady Gaga (lanzado en 2010, muestra a Gaga en prisión y luego en una fuga estilo Kill Bill junto a Beyoncé). ¡Es buenísimo! Tiene un momento que se corta el videoclip y Lady Gaga prepara una receta de cómo hacer un sándwich envenenado (Risas).
La “asesina pop” que le llevó masas a Mirtha Legrand

Alejandro Hartmann está en pareja y tiene tres hijos. Con un tono afable, ofrece un café, lo que da pie al obvio chiste sobre el té y las masas, modus operandi de Yiya Murano para envenenar a sus amigas y ocultar sus estafas económicas.
El cineasta y productor destaca que su interés en esta película documental fue, más que enfocarse en los crímenes, hacerlo en la Argentina dictatorial de fines de los ’70. Y mostrar el curioso periplo que Yiya realizó en los ’90 (tras salir en libertad), por programas de TV como el de Moria Casán, el de Chiche Gelblung, el de Lía Salgado y principalmente el de Mirtha Legrand, donde, la diva hasta se permitió bromear sobre su fama de envenenadora, al probar al aire las masas que le trajo como obsequio.
“La Yiya”, como muchos la llamaban, se transformó en una especie de “asesina pop”, que tuvo su propia comedia en el teatro (con libro de Osvaldo Bazán y música de Ale Sergi, de Miranda!), y un merchandising que incluyó remeras y tazas con frases célebres, que eran los regalos más buscados para el Día del Amigo.
Dice Hartmann: “Creo que lo interesante es que este proyecto surgió, no desde la Yiya asesina, sino desde la Yiya estafadora. Esa mirada inicial es un poco la que tiñe a toda la película. Desde ya que también nos dedicamos a la asesina, pero proponemos una mirada más amplia de la historia”.
-Una Yiya que estafaba no sólo con los movimientos de dinero, sino con mentiras y manipulaciones permanentes.
-Cuando iba a los programas de televisión (cobraba por las notas), se presentaba encantadora y elegante, una manera de seguir estafando. Creo que su principal característica era la de ser una mentirosa y manipuladora. Según la gente que la conoció, estaba algo disociada y probablemente creía su propia mentira.
-Es difícil de explicar la fascinación de muchos argentinos que consumían el merchandising de una asesina, como si fuera una gracia…
-Nuestros personajes no pueden ser unidimensionales. Por ejemplo, el caso de Maradona. Nos gustan los personajes que no tienen una sola cara. Obviamente Maradona no mató a nadie, pero esa doble faceta que tenía Diego es algo que nos atrae mucho. Me parece que hay algo de Yiya en eso. Tenía una personalidad atrapante, lo dicen quienes la conocieron, y que en algún lugar te hacía olvidar los crímenes que cometió.

El True Crime y porqué el cine nació siendo un documental
A Alejandro Hartmann no le molesta que, de alguna manera, lo encasillen en el género True Crime, del cual destaca a algunos referentes que lo inspiraron. Menciona The Thin Blue Line, un documental estadounidense de 1988 escrito y dirigido por Errol Morris.
Afirma: “Es el que inventó el género un poco sin querer. Todos nos copiamos de él, todos, todos (Risas). És un genio de la entrevista. Más allá de eso, tiene muchas otras películas, como The Fog of War, que es una larga entrevista a Robert S. MacNamara, ex-Secretario de Defensa de John F. Kennedy”.

-¿Hay cierto prejuicio con los documentales? Muchos cineastas lo consideran un género menor.
-El cine nació como documental. La llegada de un tren a la estación es un documental. Las primeras películas, como por ejemplo El regador regado, de Louis Lumière, del 1800, son documentales. Después, la ficción se sumó a lo real. Ahora sucede en los festivales, eso de que la ficción es una cosa y el documental es otra. Y la verdad es que hay muchos cruces. Los documentales, al final del día, son historias. Tienen las mismas reglas narrativas que la ficción.
-¿Por qué creés que la gente se va a sentir atraída por tu nueva película documental sobre Yiya Murano?
-Se pueden enganchar en el sentido de conocer una buena parte de la verdad de un personaje icónico, del cual saben solo algunas cosas. Los va a sorprender, van a descubrir mucho más de lo que sabían de Yiya. Les van a quedar también un montón de nuevas dudas sobre su historia. Y van a entender algo de lo que ha pasado en la Argentina en los últimos años, de una manera extraña, porque es a través de Yiya y sus crímenes. Algo que nos permite reflexionar sobre nuestros propios consumos culturales, que a veces resultan tan paradójicos que nos hacen convertir en ídola a una asesina.