Sin grandes equipos ni estrellas: se filmó con apenas 10.000 dólares de inversión del propio equipo. Aun así, la película terminó recorriendo algunos de los festivales más importantes del mundo.
Pin de fartie, la nueva película del director argentino Alejo Moguillansky, pasó por el Festival de Venecia, el Festival de Nueva York y el AFI FEST de Hollywood antes de llegar ahora a una sala porteña.

Moguillansky empezó a filmarla mientras daba clases de cine en Suiza, con su pareja, la coreógrafa y cineasta Luciana Acuña, y con su hija Cleo, que también actúa en la película.
Una película armada como un ensayo
Pin de fartie no cuenta una historia única ni avanza de manera ordenada.
Actores que ensayan una obra —y tal vez también otro tipo de vínculo—, una adolescente que cuida a un hombre ciego, un hijo que acompaña a su madre pianista también no vidente, cineastas que inventan efectos especiales caseros, un músico (Maxi Prietto) que compone en vivo una especie de payada contemporánea, el Congreso filmado de noche, una pareja que vive en un contenedor de basura y la aparición fugaz de una frase tatuada en el brazo de un deportista.
Ese mosaico tiene un hilo inesperado: el escritor Samuel Beckett.
Incluso quien nunca lo leyó reconoce el mecanismo de Esperando a Godot: dos personas conversando mientras esperan algo que nunca llega.
Ese tipo de diálogo circular aparece de forma inesperada incluso en la cultura popular. En el sketch Los Chifladitos del programa de Chespirito, Chaparrón Bonaparte y Lucas Tañeda sostenían escenas enteras hablando y volviendo siempre al mismo punto:
“Oye, Lucas”.
“Dígame, licenciado”.
La película toma en realidad otra obra de Beckett, Fin de partida, pero el espíritu es parecido: personajes que siguen haciendo cosas —ensayar, tocar música, filmar, moverse— incluso cuando todo parece acercarse al final. O a un nuevo comienzo.
El universo de El Pampero Cine
La película está coescrita por Moguillansky y Acuña. Y entre los guionistas también está Mariano Llinás, director y productor de Argentina, 1985.

Llinás y Moguillansky forman parte del colectivo El Pampero Cine, un grupo que desde hace más de dos décadas produce películas con un método particular: presupuestos bajos, rodajes largos y un espíritu de trabajo muy colectivo.
Pin de fartie nace justamente de ese ecosistema creativo, donde el cine funciona como una aventura compartida.
Entre los protagonistas, Santiago Gobernori, dramaturgo y uno de los nombres más activos del teatro independiente en Buenos Aires. En 2025 recibió excelentes críticas por su obra Imagen velada.
Un mapa posible dentro del cine argentino
¿Existe algo así como un ADN del cine argentino?
En ese mapa aparecen películas muy diferentes entre sí.
Esperando la carroza representa una forma de humor popular que atraviesa generaciones.
El exilio de Gardel incorpora la dimensión política y musical al mismo tiempo.
Invasión, de Hugo Santiago, abre una línea más vanguardista.
Silvia Prieto, marca una modernidad muy particular dentro del cine argentino.
Pin de fartie sin parecerse a ninguna, dialoga con todas esas tradiciones.
En su estructura coral de personajes y situaciones, en la manera de contar la política, con música y sin subrayados con el ritmo que aporta la payada en vivo de Maxi Prietto, que recuerdan al tono poético y de Borges en Invasión y en el guiño al cine de Martín Rejtman.
Un reparto lleno de hallazgos
Entre las caras conocidas aparece Laura Paredes, del grupo Piel de Lava, que ya pasó por dos de las mejores películas argentinas de los últimos años: Argentina, 1985 y La larga noche de Francisco Sanctis.
También está Marcos Ferrante, con una mezcla particular de humor y precisión para el diálogo. Sus encuentros con el personaje de Paredes —en un departamento casi secreto donde se reúnen a hablar de cosas de adultos— tienen algo de conversación clandestina, adulta.
Es que estamos ante una «película triple B»: Beckett, Beethoven y Bresson.
Del cine de Robert Bresson retoma un uso particular de la voz en off que duplica o desplaza lo que vemos en pantalla.
Y entre las presencias más intrigantes aparece la pianista Margarita Fernández, que interpreta el Claro de luna de Beethoven.
La película la presenta como una figura casi secreta de la música argentina. ¿cuánto hay de historia real y cuánto de invención?
Las escenas en las que el propio Moguillansky aparece actuando como su hijo, despiertan más curiosidad por persona y personaje. Dan ganas de saber más.
Dan ganas de que el director realice algo parecido a lo que ocurría en el documental Seymour: an introduction, de Ethan Hawke, donde el retrato de un pianista terminaba abriendo un universo inesperado.
Al final, tampoco importa demasiado si uno leyó a Beckett o no.
La película funciona igual. Y quizá incluso despierte la curiosidad de abrir alguno de sus libros.
Frases sueltas, como las que uno puede encontrar al abrir un libro de Beckett en cualquier página:
“¿Dónde ahora? ¿Cuándo ahora? ¿Quién ahora?”
o
“no puedo seguir, voy a seguir”.
Es que una película también puede tener su propio recorrido inesperado.
En la filmografía de un director que ya dejó títulos clave del cine independiente argentino como Castro y El escarabajo de oro.
A veces empieza con una cámara, una familia y diez mil dólares.
Y termina pasando por Venecia, Nueva York, Hollywood… y finalmente una sala de Buenos Aires.